Poco a poco, este blog ha ido creando vida propia. Me empuja y me orienta cuando estoy perdida, me susurra palabras al oído y me llena el corazón de sentimientos compartidos. Nació del boceto de un proyecto sencillo y humilde sigue siendo, en eso no ha cambiado pero, el camino se ha llenado de musas y de liras... ¿quieres vivirlo conmigo?

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lunes, 28 de abril de 2008

¿Qué es la verdad?


¿QUÉ ES LA VERDAD?


- ES DIFÍCIL VER UN GATO NEGRO EN UNA HABITACIÓN OSCURA, ESPECIALMENTE CUANDO EL GATO NO EXISTE… ¡joder!
Las sombras no podían existir porque todo era negro. Negro era el cielo, negra la tierra, negros los latidos, negro el terror, negra aquella habitación, negra su alma…
- Juan, por favor, te tienes que esforzar un poco, venga, levanta, que te saco de aquí.
- ¡¡No!! ¡Déjame! No quiero ir a ningún sitio, ¡déjame te digo! Si me voy será peor, ya no puedo más, quiero que esto se acabe- decía sollozando.
Mientras Antonio se empeñaba en levantarlo del suelo y apartarlo de sus vómitos, Juan se aferraba más a sus ruegos.
- No lo entiendes, lo que te cuento es verdad, debes creerme, por favor.
- Aquí no hay gatos Juan, ni tíos que quieran matarte, que te lo estás imaginando…
- Te digo que el gato está ahí y te juro que…
- ¡Basta! Ya vale, no intentes hablar, venga, que estás fatal y necesitas descansar. Hace tiempo que debí haber hecho algo contigo, con tus idioteces, con tus manías, con tus caprichos… no te das cuenta de lo que te estás haciendo, ¿verdad?
Antonio intentaba llevárselo de allí así que, arrastraba el cuerpo de Juan con fuerza hacia la puerta pero Juan se aferraba con desesperación a las patas de las sillas, a la mesa y a todo lo que encontraba a su paso. Cuando vio que Antonio conseguía su objetivo, se apalancó con los pies en la pared a tiempo de impedirlo.
- ¡Está bien! ¡Tú lo has querido! Me voy, puedes hacer lo que te dé la real gana, ¡como siempre!, pero mañana volveré para llevarte al médico y te sacaré de aquí, te pongas como te pongas.
Después del portazo, de los temblores de la pared y de los gritos del vecino pidiendo calma, los pasos se oyeron cada vez más lejanos. De repente, el silencio hizo compañía al miedo. El hombre, sucio y con los ojos desorbitados, intentó subir la persiana para que la luz de la calle le diera un poco de consuelo pero estaba atascada y, como no tenía luz eléctrica porque no había pagado los últimos recibos, se hundió en el rincón más apartado, justo debajo de la ventana. Aterrado y con la baba colgando, se concentró en mirar al frente sin parpadear y pendiente de cualquier sonido extraño, de cualquier cosa que se moviera, de cualquier sombra…
Pasaron horas y, sus ojos, ya no podían distinguir lo que tenían delante. Eran opacos, casi blancos, pero seguía sin cerrarlos para no perderse nada.
“¿Nada?” “¿Nada de qué?” se dijo a sí mismo de pronto, como si acabara de entender algo. “¿Qué es lo que no me quiero perder?”
El gato, lentamente, se fue acercando a Juan, con los ojos brillantes, con las uñas afiladas, con el cuerpo erizado… no hizo ni el más mínimo ruido y, cuando estuvo a su lado, se quedó muy quieto. Apenas unos segundos más tarde, la figura de un hombre muy alto salió de la oscuridad.
Su sonrisa grande y su mirada negra caminaban junto a sus largas piernas y sus enormes manos. Un sombrero negro muy brillante le cubría la cabeza y un guardapolvo oscuro arrastraba los trozos de pizza que Juan había vomitado. Al llegar junto a él, el gato maulló estirando aún más su cuerpo hacia arriba.
Juan soltó sus rodillas e intentó proteger su cara con los brazos.
El movimiento de un coche en la calle hizo que la luz de los faros iluminara por unos segundos, la habitación de Juan. Y allí estaba él, con su mirada extraviada, con sus brazos sobre la cara, con la ropa manchada y llorando, mientras creía defenderse de un hombre venido del más allá para matarlo.
En realidad, Juan se suicidó aquella noche.

Queralt. 27 de abril del 2008-04-27

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domingo, 20 de abril de 2008

ESPANTAJO. (357)


ESPANTAJO.


LA ÚLTIMA VEZ QUE SE VIERON ERAN TODAVÍA ADOLESCENTES pero, habían compartido muchas tardes de verano con espantapájaros sonrientes, bocadillos de chorizo, lagartijas espachurradas y vasos de coca cola a escondidas de su abuela. Menudos recuerdos… suspiros, sobresaltos, temores, cosas, casi olvidadas de la infancia de sus vidas.
Los años han pasado y tenemos a una mujer de mediana edad, sentada en la butaca de una consulta médica. Se sentía inquieta y preocupada.
¿Qué habría sido de aquellos rizos dorados que le tapaban los ojos cada vez que alzaba la vista hacia el cielo?
“¡No mires de frente al sol! ¿Estás loco?” Le gritaba, intentando hacerse la mayor, la madura y la experta. Pero él callaba con prudencia y se ponía la mano a modo de visera sobre la cara, para poder mirarla a los ojos mientras le sacaba la lengua con un mohín. Lo recordaba tan guapo… era como un muñequito mimoso y tierno.

- ¿Desde cuándo no lo veías?
- Desde hace mucho. Sólo intercambiábamos postales en los cumpleaños. Y no muy emotivas, la verdad.
- ¿Le has dicho que estamos separados?
- Sí…
- ¿Qué nos pasó, Pablo? Éramos tres almas puras. Tres amigos sinceros.
- La vida, Rosa, la vida…

Una voz hueca y estridente llamó al Dr. Rodríguez con urgencia.
Pablo se levantó de un salto y se dirigió a la puerta.

- Voy contigo, aunque me tenga que quedar en la puerta porque no quiera verme.

Sus pisadas, recorriendo los pasillos muy deprisa, sonaban a misterio y a soledad. Pero sobre todo, a tristeza. Y olía a dolor. Y a despedidas.

- A ver, qué le pasa a este hombre- dijo el Dr. Rodríguez al entrar a la habitación.
- Hola amigo…
- Hola Carlos, ¿qué te pasa? ¿No te hacen efecto los calmantes?

El hombre llamado Carlos no contestó, sus ojos habían descubierto a Rosa. Pablo, en silencio, valoró la situación física en la que se encontraba su amigo y, sin dudarlo, dio instrucciones a la enfermera.

- Hola Carlos. ¿Te puedo dar un beso?
- Un beso… tuyo… que pudieron ser míos…

La voz, casi no salía de su cuerpo.
Rosa le besó los labios y la frente. Le besó el pelo ralo y débil que ya no le tapaba los ojos. Le cogió la mano. Y, mientras, Pablo le inyectó una dosis de morfina.
Cuando la enfermera se fue, lentamente y con los dedos temblorosos, los tres se hicieron un ovillo sobre la cama.
Pablo lloraba sin parpadear y Rosa sin darse cuenta.
Carlos, cerró los ojos porque una luz muy brillante lo deslumbraba.
Se extrañó que Rosa no le gritara que estaba loco… y se extrañó de ver que el espantapájaros le decía adiós. ¿Desde cuándo habla un espantajo?
Rosa durmió junto a su cuerpo aquella noche y Pablo, no se levantó de la silla hasta que, al amanecer, dos celadores muy sigilosos se lo llevaron al depósito.


Queralt. 20/04/08

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lunes, 21 de enero de 2008

"SORPRESAS TE DÁ LA VIDA..."

SE TRUNCÓ LA NOCHE EN ÁSPERA Y FELIZ, EN OSCURA Y CON DESTELLOS (YO CREO QUE POR LAS FAROLAS). De un golpe certero, fui rompiendo uno tras otro, cada punto de luz.
La noche se había tornado feliz, si, porque al fin había podido escapar y áspera, porque dolía. Dolía tanto, que la oscuridad se hacía tapiz de mis sentimientos.
Como era la primera vez que pisaba aquella ciudad y las farolas no servían para darme referencias pues yo misma me las había cargado, decidí ir con mucho cuidado en lugar de salir corriendo y de mantener los ojos y los oídos bien abiertos. Pero sobre todo, debía ir bordeando los edificios sin despegarme de las sombras, procurando no tocar nada para no dejar marcas de sangre.
No tenía ni la menor duda, ni el resquicio más pequeño, definitivamente, era la mujer más estúpida de la tierra. ¿Qué hacía allí? ¿Cómo me había dejado engañar así? Las citas a ciegas pocas veces salen bien. ¿Qué esperaba?
El golpe seco de un hierro sobre lo que parecía ser la carrocería de un coche, la hizo casi gritar. Tuvo que taparse la boca con las dos manos, dejándose los labios sanguinolentos, como pintados de rojo.
Unas pisadas siguieron al golpe. Pasos firmes, contundentes, sonoros. De repente, se fijó en una tienda: ¿no habían estado antes allí? Antes de las doce, antes de la locura que había provocado quizás, la luna llena… si, ¡habían estado allí después de la cena! Entonces, su coche no andaba lejos…
“A ver, si, venga, tranquilízate tía, venga, vamos… ¡oriéntate!”
Mientras trataba de ordenar su mente y recolocar las vivencias de la tarde para intentar saber dónde estaba su coche, una sombra enorme se puso ante ella. Alicia miró al suelo con terror y después fue subiendo la mirada despacio hasta llegar a la cara oscura del tipo que la estaba mirando. Sus latidos eran inexistentes, es más, estaba convencida de que sus heridas ya no sangraban pues su sangre ¡se había helado!
¿Cómo podía estar pasando aquello? ¿Cómo le podía estar pasando a ella?
La sombra levantó un brazo que a la muchacha le pareció enorme visto desde su indefensa posición. Aquél brazo se prolongaba en una forma el doble de larga y mucho más delgada. Alicia supo que era el hierro con el que había ido dando golpes y, estaba muy claro que era con el que la iba a matar.
Un coche de policía se había parado justo en frente y, viendo lo que estaba pasando, los dos policías corrieron con el arma en la mano para evitar lo que parecía inevitable. ¡No podía creerlo! Así, de forma tan absurda como había empezado todo, estaba acabando…aquellos destellos girando en azul, la habían salvado.
“Venga, ¡ya!, tranquila, todo ha pasado… la poli ya está aquí…”
La sombra dejó caer el hierro sobre la cabeza de Alicia justo en el mismo instante en el que recibía dos balazos, los dos por la espalda, uno le llegó al corazón y el otro se le incrustó en el pulmón derecho.
Para Alicia esto era ya irrelevante pues los dos habían iniciado un viaje que los llevaba a distintos lugares.

Queralt.
21 de enero del 2008-01-21

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lunes, 14 de enero de 2008

GRANDES CAJAS LLENAN LA VIDA. (312)


GRANDES CAJAS LLENAN LA VIDA.


PASARON DÍAS HASTA QUE ALGUIEN CAYÓ EN LA CUENTA DE QUE LOS SUEÑOS HABÍAN DESAPARECIDO.
Las cajas de colorines que los habían contenido estaban desparramadas por la casa con los lazos arrancados y medio rotos colgando de la barandilla, de los respaldos de las sillas, o en los pomos de las puertas. Cerró los ojos y lo reconoció enseguida:
La casa olía a sonrisas, a dientes brillantes, a manos inquietas y a estrellas cazadas al vuelo con una sola mirada…
Los recuerdos querían salir a respirar después de tanto tiempo olvidados.
¡Qué emoción! ¡Qué dolor! ¡Qué taquicardia!
Un suspiro hondo… bien.
Entreabrió los ojos con tiempo suficiente para ver el fugaz destello de la tristeza perdida entre los cuadros centenarios y el reloj de pared. También pudo ver, sin mucho esfuerzo, algunas difuminadas fantasías entre el papel pintado del estudio y las maderas que cubrían el vestíbulo.
Allí arriba, en el rellano del primer piso y con una visión panorámica privilegiada, revivió cada segundo de aquellos inocentes veranos con sus respectivos cumpleaños, cada uno de los días de Navidad y cada fiesta de Nochevieja compartida en aquella casa sin igual.
Habían vuelto, pero pasaron muchos días hasta que alguien cayó en la cuenta de que los sueños habían desaparecido. Cada suspiro hizo eco en su propio silencio. Cada palabra moría antes de ser bendecida por el sonido amable del interés.
Mientras las rodillas se le doblaron por el peso de la edad y de la añoranza, descubrió con el rabillo del ojo una espectacular cinta amarilla medio atascada en el cerrojo del gran ventanal que tenía a su izquierda.
En silencio y a cámara lenta, como si una ligera brisa la llevara, el bonito lazo la acompañó planeando sobre ella y posándose junto a su boca complacida.
Leonor había vuelto para morir recuperando su vida.
Al final del tránsito, cuando todo estuvo en su lugar, al renacer las ilusiones y justo en el momento en el que pudo mirar dentro de ellas para recuperar las sonrisas y los olores a infancia y a felicidad, reconoció la gran cinta amarilla, fue aquella que envolvió la caja de sus sueños de enamorada. Pero, ni todos los lazos del mundo pudieron contener las lágrimas de desamor que vinieron después.

Queralt.
14 de enero del 2008-01-14

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domingo, 13 de enero de 2008

El Cuentacuentos vestido de fiesta.

¡Hola! ¡Hola! ¡Hola!
Con un poco de retraso vengo a poner de fiesta el logo que mueve, en los últimos tiempos, este blog.
Ya sé que las fiestas se han acabado y que el año nuevo amenaza con su rutina y su cuesta de enero.
A pesar de todo, vengo a dejaros el logo vestido de fiesta y con nueva imágen.
Os invito, en nombre de todos los compañeros, a la nueva página:

lunes, 3 de diciembre de 2007

SI EL GIGANTE AULLA, OLVÍDATE DEL DINERO Y CORRE.


SI EL GIGANTE AULLA, OLVÍDATE DEL DINERO Y CORRE.

LAS TURBULENCIAS PRESAGIABAN LO PEOR.
Los remolinos amenazantes de aire turbio y caliente movían árboles, rompían cristales, empujaban coches, levantaban tejados… era evidente que el huracán estaba cerca. La respiración se hacía difícil porque, aún protegiéndose con una gruesa bufanda a modo de mascarilla, espesas bocanadas de polvo saturaban la garganta, la nariz y los ojos. A lo lejos, se oía un sonido extraño, como si la tierra se estuviera rompiendo por algún lado. Como si, un gigante descomunal, estuviera queriendo toser, estornudar o, simplemente, desperezándose.
Mientras Ramón ponía algo de ropa en una bolsa de deporte, Ana escondía en una mochila sus joyas. Las puso al fondo, envueltas en un bonito pañuelo de seda heredado de su madre, entre el monedero, los pañuelos de papel perfumados, la caja de las lentillas y la de los tampones, entre la agenda y el pequeño neceser con el rimel y el colorete. Junto al libro que estaba leyendo, al tabaco y al teléfono móvil.
Habían intentado ver las noticias pero la señal por cable no llegaba al receptor y no tenían radio así que, habían tomado la decisión de salir de allí lo antes posible para no tener que arrepentirse. Sin embargo, de vez en cuando y sin dejar de recoger otras tantas cosas que consideraban necesarias, se asomaban a las ventanas por si veían a alguien a quien preguntar. Era la primera vez que vivían aquella situación y estaban absolutamente desesperados porque no sabían hacia dónde escapar.
Ana y Ramón ya tenían todo aquello que pensaron que podrían necesitar y lo acomodaron en el maletero de la furgoneta. Cuando salieron de la casa, cerraron con llave la puerta mientras suspiraban llenos de inquietud. Después, se sentaron cada uno en su asiento y miraron al frente buscando una esperanza que les diera algo de sosiego. Pero no la encontraron. El pánico se apoderó de ellos y se quedaron petrificados viendo volar restos de coches, enormes arbustos, ramas de árboles, sillas, cochecitos de niños, ropa de todos los estilos y colores, trozos de maderas de todos los tamaños, mecedoras, algún perro ladrando, puertas, bolsas del super…
Las tuberías del agua se habían roto en algunas de las casas de los alrededores y brotaba agua por varios sitios. Su propia casa parecía bailar con frenesí mientras una de las columnas del porche se partía a cámara lenta. Una especie de silencio extraño lo invadía todo. Sólo se oía el quejido del gigante mientras la tierra y su casa se rompían a cámara lenta; mientras las ventanas del dormitorio principal y el de invitados se desgajaban de la estructura; mientras la mesa de forja de la terraza de arriba saltaba por la barandilla…
Ramón recordó justo cuando puso el motor en marcha, que no había cogido el dinero. Salió corriendo con las llaves en la mano dispuesto a volver apenas en un abrir y cerrar de ojos y, fue justamente en uno de esos segundos en los que él parpadeó cuando la otra columna del porche se rompió. Ana intentó gritar por el horror pero, fue su propio dolor, su propio y ya eterno silencio, el que se lo impidió.
Las fotos publicadas en la prensa nacional al día siguiente, mostraron que nada había quedado en pie.

Queralt.
03/12/07

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lunes, 26 de noviembre de 2007

Sueños Rotos... El niño debe ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación.

El niño debe ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación.

SUEÑOS ROTOS


Su madre lo miraba con amor y severidad. Le había dicho que no saliera de casa pero él, acostumbrado a pasar las tardes jugando con sus amigos en la calle, no había podido resistirse. Ahora estaban allí los dos, bueno, los cinco porque sus tres hermanos correteaban por la estancia, discutiendo con esa pausada lentitud con la que ella siempre se expresaba. El tiempo iba pasando y, entendiendo las palabras de su madre como las entendía, no alcanzaba a comprender de qué hablaba. Se oía un gran barullo a través de las ventanas cerradas. Desde que se rompió el generador no tenían electricidad y en toda la casa no ardía ni una sola vela. Aquella situación le daba miedo porque, además, en el exterior, a alguien se le había olvidado encender las luces. Dentro y fuera todo era negro. Y los ojos de su madre también. La observó en silencio mientras, sus hermanos cenaban la misma comida de todos los días y todas las noches, bajo el resplandor del cariño que aquella mujer, de hábito zaino, regalaba al compás de un escueto mimo.
La puerta que daba a la calle se abrió y apareció un hombre con la cara llena de suciedad y de miedo. Llevaba un fusil en la mano y, con ademanes bruscos ordenó a todos que recogieran algunas cosas, en total un pequeño bulto cada uno y se dispusieran a salir de viaje. Al parecer su padre había enviado a buscarlos y los esperaba en un lugar de las montañas. Poco tiempo después un grupo de vecinos y amigos, todos ellos mujeres, niños y ancianos esperaban que aquel vehículo, con aroma a desierto y desolación, los llevara lejos de su pueblo. Cuando se pusieron en marcha la madre por fin dejó escapar una chispa de luz a través de su mirada y él se sintió muy feliz porque pudo alcanzarla.
Horas más tarde el cielo se iluminó con unas bolas de colores que, al desplazarse por entre las estrellas rutilantes de la primavera, dejaban un sonido extraño. Para verlas sólo tuvieron que alzar la vista pues el pequeño camión iba al descubierto. Los bebés, que hasta ese momento dormían arrullados por sus madres y por lo irregular del camino, se despertaron llorando y los mayores miraron embobados la lluvia de fuego. Ahmet se agarró al brazo de su madre mientras ella intentaba cobijar al resto de sus hijos lo más cerca posible de su falda. Circulaban en fila detrás de una larga columna de más vehículos y esperanzas pero, de todos ellos, sólo a ocho o diez alcanzó el misil remitido en pos de la salvación.
Ahmet y sus hermanos se quedaron quietos alrededor de su madre, todos muy rotos, al igual que sus sueños y lejos de la vieja carretera que quería llevarlos hacia las montañas.
Queralt.
Para más y mejores historias que empiecen con la misma frase:

viernes, 19 de octubre de 2007

Fuerza no es furia... (272)

(Estamos celebrando la semana 100 de El Cuentacuentos así que, tema libre.)

“Fuerza no es Furia”



Los relámpagos asomaban detrás de los nubarrones oscuros que cuajaban la noche intentando asustarla, a continuación, un ensordecedor estruendo traía el silencio a las montañas; pero duró poco, pues, la noche, quizás realmente asustada, inició un llanto lastimoso que cayó con fuerza sobre cada hoja, cada rama, sobre todos los árboles y flores, helechos y enredaderas silvestres que poblaban aquel paraje del edén. El rumor era profundo y monótono y la tierra lo cobijaba y lo reconocía como algo entrañable y muy familiar.
Los relámpagos luchaban con el agua iluminando su propia furia y haciéndose camino entre ella; acompañados por el trueno creían ser los más fuertes del Universo.
Ante aquel desenfreno de la Naturaleza, la noche ya no parecía asustada, más bien podría decirse que, aquellas descargas eléctricas y sus ruidosos compañeros la estaban enfadando. Y, a juzgar por su llanto cada vez más enérgico, el enfado de la noche, debía ser importante.
Cada ser viviente en aquel lugar perdido buscó su propio refugio, intentando encontrar una posibilidad para sobrevivir. Las ramas se rindieron al peso de un llanto acostumbrado y las hojas canalizaron los sentimientos de la oscuridad a través de cada lágrima esparcida.
Los árboles centenarios conversaban preocupados con los árboles milenarios y la sabiduría de éstos, sosegaba a aquellos. Mientras, el musgo, agazapado y triste, se despedía del entorno que lo había acompañado desde que germinó por aquellos lares. Las florecillas nadaban alegremente aprovechando el curso intensivo que la naturaleza les regalaba. Algunas piedras poco ubicadas rodaron suavemente provocando pequeñas crestas y diminutas cataratas. Los gusanos movían la cola con urgencia para encontrar un lugar más hondo…
Los nubarrones que transitaban por el cielo sin estrellas se cansaron de dar cobijo al rayo y decidieron seguir al viento en su afición preferida y, juntos y revueltos, se despidieron de la noche en busca de un nuevo sendero que los llevara lejos para alborotar otros lugares tranquilos.
La noche no se quedó sola, pero sí se quedó sin lágrimas. Como seguía enfadada, decidió llamar a todas sus gotas más incondicionales, reunirlas a su alrededor y envolverlo todo con una bruma espesa que obligara al relámpago y al trueno a tranquilizar su ánimo. Y, como las alas suaves de la nieve blanca cuando cae, se fueron expandiendo las gotas unas sobre otras, cubriendo de opaca humedad todo aquello que se acurrucaba bajo la noche, en aquel lugar de ensueño. La vida, en la noche quedó suspendida.
El relámpago y el trueno aguantaron la presión con cierta elegancia pero, después de largo rato sintiéndose ignorados, embistieron con más furia sobre la noche, mas ella, comprendiendo que es el miedo y la cobardía lo que engendra la furia, ya no les hacía caso, ni siquiera le quedaba un poquito de enfado.
Las nubes se habían ido con el viento y, el trueno, se fue yendo despacio con el relámpago. Si todo lo acontecido hasta el momento se hubiera podido tildar de lucha, la noche habría sido vencedora. Y así se sentía, en efecto, cuando vio de lejos la procesión silenciosa de las nubes, seguidas por la explosión y el estruendo y la ventaja que les llevaba el viento.
La tierra, amiga del día y de la noche, fue comprensiva una vez más y ayudó plácidamente a la Naturaleza. Con el cariño de la costumbre y la tolerancia, enjugó los breves riachuelos que se habían formado y esperó a que, cada gotita retenida, volviera a ella sin miedo.
La tierra, hidratada y rejuvenecida, le agradeció a la noche su llanto, pero también se apenó por ella y por el miedo que había pasado ante la amenaza del fragor y su centella.
Mientras la historia de esta noche se fue escribiendo, los minutos habían ido cayendo lentamente junto a las gotas, las hojas y las despedidas, dejando paso al glorioso parto que, finalmente, alumbró a un rutilante día de tiernos brotes de natural esplendor.
En la luz de cada amanecer, en la delicada despedida de cada tarde, en la mirada de un niño o, incluso, ante el descubrimiento de un enemigo, el Universo nos dice suavemente que la furia no es fuerza.

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DÍAS DE FIESTA... (271)



DÍAS DE FIESTA…
(Con un poco de retraso pero aquí está.)


- LAS PALABRAS NO SIGNIFICAN NADA, NO SON IMPORTANTES, LO QUE MARCA SON TU ACTOS, Y LA COHERENCIA DE ESTOS CON TUS PALABRAS. Adiós y hasta nunca.

Mario se apartó despacio intentando no perder la calma y salió del bar de copas. Minutos después, su estela se había perdido entre el bullicio del sábado noche.
Vanessa seguía en silencio, aún no había reaccionado.
Sin duda sospechaba de ella desde hacía tiempo y esta noche la había seguido hasta allí para pillarla in fraganti.
Un dolor tipo pellizco, amordazaba su boca, mientras Rubén insistía en que le explicara quién era aquél tipo que había aparecido de repente y le había hablado de forma tan misteriosa.
Alguien tropezó con sus botas vaciando el vaso que llevaba en la mano sobre su falda. Vanessa gritó y se enfureció mucho. Después, se fue al baño a limpiarse la ropa mientras lloraba.


Queralt.


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lunes, 8 de octubre de 2007

DÉJEN PASO, SEÑORES... (254)


DÉJEN PASO, SEÑORES…


- PREMISAS FALSAS, CONCLUSIONES ESTÚPIDAS, ya te lo dije. ¿No esperarás que te tenga lástima? ¡Vete de aquí! ¡De inmediato! ¡Ya!
Un silencio espeso, muy espeso y muy dramático se extendió muy despacio por todos los rincones de aquella estancia en penumbra, grande y llena de columnas y enormes ventanas de cristales ahumados.
Las luces de la ciudad allá a lo lejos, se reflejaban aquí en el suelo, un suelo brillante y negro que las hacía rielar como si de agua se tratara. Las paredes blancas, pero vacías, a excepción de un cuadro, una pintura que reproducía la imagen típica del otoño con sus colores, sus hojas y con la niebla suave de un amanecer cualquiera en un parque cualquiera lleno de árboles que bordeaban un estanque cualquiera. Nadie se fijaba en el cuadro, pero todos se resentían de sus efectos apáticos y lánguidos.
- ¡He dicho que fuera! ¿No me oyes? ¡Fuera!
Nadie se movió. Por unos segundos, nadie se dio por aludido hasta que, pasados los primeros momentos de tensión, una muchacha muy delgada y muy rubia, tomó la palabra:
- No, no me voy, querido papá. Tú si partes de premisas falsas por lo tanto, llegas a conclusiones estúpidas.
Los ojos de todos los asistentes se escondían sobre el dossier que descansaba, ajeno a todo, sobre cada escribanía que tenían delante. Ahora ya nadie se atrevía ni a respirar.
- Tú- prosiguió la muchacha muy calmada pero con la cara roja por la sangre acumulada-, decides que soy joven, que soy rubia y que soy tonta. Pero, aunque la gestión no te haya gustado, ha sido un éxito. Y te recuerdo que mi madre me dejó las acciones para que no me puedas mantener al margen y voy a ser consecuente con ello. Lo siento si no te gusta- concluyó.
El hombre grueso vestido de negro que la había gritado, viendo que no podía con ella y que no conseguía echarla, se dejó caer sobre el gran sillón, rendido, resignado.
En realidad, tenía razón aquella mocosa insolente. Las ganancias habían sido importantes y el capital que aquella loca había expuesto había sido mínimo. Puede que tuviera raza y puede que la hubiera heredado de él, ¡quién sabe!
- Haces tu propia teoría basándote en tus propias manías y a eso lo llamas razonar. Y yo te digo que te equivocas. Sí, ¡te lo digo! ¡Y te lo diré mil veces si hace falta!
Aquella hija suya, por la que no acababa de sentir cariño, le seguía plantando cara…
Tenía lo que había que tener para andar por este mundo, ¡vaya que sí! Una vez más, lo había demostrado y esta vez, lo había hecho todo ella solita.
Su corazón empezó a latín mucho más fuerte que de costumbre y los golpes le llegaban hasta la garganta. Miró al frente y una visión rojiza lo obligó a restregarse los ojos en busca de un mejor enfoque. Mientras, un miedo irracional invadió su mente y su cuerpo, empezó a temblar asustado.
- Claudia, ¡Claudia! ¡Ven aquí!- le gritó una vez más aún sin poder.
Todos empezaron a levantarse temerosos por si a Don Marcelo le molestaba y no se atrevían a ir un paso más allá de sus sillones.
Claudia acudió a la llamada de su padre y le desató la corbata.
Cuando el hombre pudo respirar un poco le pidió que, en su ausencia, se ocupara de todo.
- ¡Samuel! – gritó una vez más- Dispón de todo lo necesario para que Claudia sea legalmente mi sucesora al frente de ValleVisión. Usa los poderes que tienes y ayúdala en todo…
- Señores- dijo Claudia, dándose la vuelta hacia ellos-, ya lo han oído-y, tomando las riendas de la situación con energía empezó a dar órdenes-. Martínez, llame inmediatamente a una ambulancia y usted, ¿cómo se llama? Ah! Sí, Rodríguez, recoja cada uno de los dossier de la mesa y llévelos al despacho de mi padre que, desde este momento, es mío. Los demás que se vayan a casa hasta nueva orden.
El silencio seguía llenando aquél lugar oscuro pero, las pulsaciones de sus corazones, atronaban sus cabezas. No se atrevían a traicionar a Don Marcelo obedeciendo a aquella pequeña advenediza de buenas a primeras. Se sentían perdidos, sin líder, sin futuro, sin horizonte…
- ¿No me han oído? Y usted, Samuel, traiga los documentos que tenga que firmar para legalizar esta situación. ¡Ya! ¡Vamos! ¿Dónde está la ambulancia, Martínez? ¿Viene ya de camino? ¡Los demás a sus casas! ¡Vamos, vamos!
Don Marcelo la oía desde muy lejos cómo gritaba y cómo daba ordenes.
“Esta chica, vale”, pensó.

Queralt.

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lunes, 1 de octubre de 2007

YA NO PUEDO ATRAPAR SUEÑOS... (228)


YA NO PUEDO ATRAPAR SUEÑOS…


LAS LÁGRIMAS SILENCIOSAS SE ESCURRIERON VELOCES POR SUS MEJILLAS, PENSANDO EN ÉL Y EN LO MUCHO QUE LE AMABA.
Los ojos, muy rojos de tanto llorar pero también, por la rabia acumulada.
Sus pensamientos volaban buscando recuerdos amables y cálidos pero, llevan tanto tiempo almacenados, que no querían salir. Porque sus recuerdos se han rendido, igual que ella… igual que sus padres y sus abuelos, enfureciendo así a los más antiguos ancestros que andan perdidos allá en la lejanía de la Historia del Tiempo. Cuando ellos aún eran los Hijos de la Madre Tierra y Manitú no los había abandonado.
La cabellera de Pelo Gris, llena de sangre.
Ella la cortó con mucho cuidado para no hacerle daño y la puso en una bolsa de piel de búfalo que, lustrosa, suave e impermeable, acogió a aquellas dos largas trenzas rompiendo así la costumbre de enviar al más allá a los muertos, con el aspecto que tuvieron.
Todo había cambiado, ya no quedaban ancianos para enseñar el camino y el destino.
Los descendientes de aquellos Sioux, llenos de orgullo Lakota, que bailaban bajo la luna la danza de la guerra con la cara pintada y el espíritu en soflama, ahora morían por una balazo en la cabeza o directamente al corazón. Y, sin ceremonia, eran enterrados lejos de los lugares sagrados. Despojados de sus tradiciones y de sus antepasados.
Todo anda confuso… todo anda mal.
Aquellos que viven bajo tierra, ya no tienen mensajes para sus descendientes.
Ahora, los sueños ya no se atrapan en una experiencia mística y el tipi se instala en medio del parque si al gobernador le agradan o, al menos le parecen curiosas, las exhibiciones folcklóricas.
Las lágrimas caían por sus mejillas. Silenciosas. Y ella pensaba en él. Porque le quería. Porque le amaba.
Pelo Gris había sido un buen hombre, un buen padre y un buen agente de la reserva.
Hasta que una bala lo mató.
Todo anda confuso… la noche, ya no arrastra las entrañas del día…
Manitú, ya no fuma con los nuestros…



http://youtube.com/watch?v=8iyEb6idjGQ

Queralt. 01.10.07

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lunes, 24 de septiembre de 2007

EL AMOR Y LOS PISTACHOS.



EL AMOR Y LOS PISTACHOS. (208)


- INCLUSO EL QUE MENOS TE LO ESPERAS PODRÍA SER el que mejor te siente…
- Sí, ya lo sé pero, si no me gusta a primera vista no me lo probaré, ¿de acuerdo? No me des la lata...
- Hija, sólo pretendo ayudar, no quiero molestarte…
Silencio en el probador. Silencio en la tienda. Todo el mundo callado. ¡Cualquiera abría la boca! Con el carácter que gastaba aquella señora, nadie se atrevía ni a respirar.
- Me gusta este, ¿qué tal me queda? Pero lo quiero en verde pistacho…
Silencio. Todo el mundo callado. Las dependientas, el encargado, la madre, la hija…
- ¿Nadie dice nada? ¿Cómo me sienta?
- Pues… ¡hombre…! No está mal el vestido pero, en verde pistacho… es un color algo llamativo para una boda, ¿no?
- Sería sin velo, claro… ¿no os gusta? Marta hija, tú ¿cómo lo ves?
- Hombre… pues no se, creo que la abuela tiene razón... no acabo de verlo…el verde pistacho es un poco atrevido, ¿no?
Rosa se miraba al espejo fijamente. Marta era su hija y Claudia su madre. El encargado era un francés con el pelo muy largo y canoso y las tres dependientas eran mujeres de mediana edad, expertas en aquellos menesteres y muy aferradas a las tradiciones. Todos, incluido Rico, el perro, se reflejaban en el gran espejo que presidía el enorme probador rococó.
El encargado tomó la palabra después de tragar saliva.
- En realidad este vestido le queda muy bien a su figura, doña Rosa, como si fuera un delicado guante de seda pero… yo tampoco veo este diseño en color pistacho… la verdad… incluso es posible que no pudiéramos conseguir el tejido…
- ¿Qué me está diciendo? ¿La mejor tienda de la ciudad, del condado, del estado y no pueden conseguir unos cuántos y miserables metros de seda en color pistacho? ¡Estoy perdiendo el tiempo con ustedes! ¡Será mejor que me vaya a otro sitio a ver si allí me atienden como me merezco!
- Espera, espera mamá…
- Sí, espera hija, no te vayas, mira éste, pruébatelo porque este es de esos vestidos que en la percha no gusta pero que, cuando te lo pones, parece otro… verás…
Todo el mundo corrió a ayudarla para que se quitara el que tenía puesto. Ante tal y repentino revuelo, Rico ladró.
- He dicho, que me casaré con un vestido como este y en verde pistacho, ¿me lo van a hacer, o no?
La puerta de la entrada sonó y una de las dependientas salió del probador a ver quién era. Dos minutos después volvió comunicando a Rosa que la estaban esperando.

- ¿Sí o no?- gritó Rosa mirando al encargado a los ojos hasta que él, no tuvo más remedio que asentir.
- Muy bien pues, prepare este vestido en color pistacho y, cuando venga a la primera prueba elegiré el tocado que también será en verde pistacho.
- ¿Y las damas de honor, doña Rosa, también han de ir del mismo color?
- ¡Por supuesto!
Rosa los echó a todos y se quedó sola mientras se desvestía.
Ya en la tienda, abuela y nieta saludaron con un rápido beso y una ligera sonrisa a Pgtvatnant, futuro marido de Rosa.
No les gustaba aquél tipo que nadie conocía y del que nada se sabía. Y al encargado y a las dependientas tampoco les gustaba. Pgtvatnant no gustaba a nadie en realidad y nadie, sabía el motivo. Era amable, educado, tenía dinero y también iba a la iglesia, pero ni el cura hablaba con él. No había motivos aparentes, pero nadie quería estar cerca de aquél hombre, de impronunciable nombre.
Rosa se colgó de su brazo cuando salió del probador y le ofreció una de sus mejores sonrisas mientras se ponía de puntillas para darle un beso y, segundos después, los dos salían por la puerta mirándose a los ojos.
Marta y Claudia se quedaron allí de pie, observando y atontadas, sin saber cómo reaccionar. Cada día que pasaba estaban más seguras de que aquél tipo, tenía algo muy raro.
Horas más tarde, en la intimidad de la alcoba, Rosa acariciaba el cuerpo áspero de su futuro marido mientras él, con sus largos y verdes tentáculos que durante el día ocultaba debajo de sus buenos trajes, la abrazaba casi hasta asfixiarla.
“Nadie me va a prohibir a mi, casarme con un vestido que haga juego con el color de su piel” pensaba Rosa.
Pgtvatnant tenía miedo. La quería tanto, que un día la mataría con tanto amor.

Queralt.
24 de septiembre de 2007

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lunes, 17 de septiembre de 2007

MI VIDA EN UN BONITO LIBRO.

MI VIDA EN UN BONITO LIBRO.

QUIERO QUE MI VIDA SEA DE ESAS QUE SE INMORTALIZAN EN UN LIBRO. Quiero que la vida me gratifique de tanta mala baba. Quiero que alguien cuente mi vida, mis dolores, mis sufrimientos y mis pocas alegrías. Quiero que hagan un libro precioso, no muy grande, con las tapas duras y el papel bueno, de color sepia. Quiero que la cubierta la diseñe una buena persona, que dibuje bien y que le guste mi cara, para que haga un buen retrato de mis penas. Quiero que alguien escriba ese libro diciendo la verdad de mi vida, la que nadie ha sabido hasta ahora. Quiero que divulguen mi historia para que nadie vuelva a vivirla. Quiero que nadie olvide. Quiero que nadie juzgue. Quiero que todos entiendan. Quiero que le pongan una guía de color granate al libro, para que podamos marcar el momento vivido, leído, sufrido, elegido…
Quiero que el precio del libro para algunos sea muy caro, tanto, como la culpa del que mata y olvida, pero quiero que se regale el libro al que no tiene culpas.
Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro porque quiero que todos sepan aquello que callé durante años oscuros, anodinos, de días transparentes. Quiero que todos hablen del libro de mi vida porque la creo digna de pertenecer a la Historia de la Vida. Quiero que sepas, que veas y que sientas por qué quiero que mi vida se viva en un libro.
Quiero que me den algún premio porque me lo he ganado, ¡estoy segura!
Quiero que mi vida sea otra pero sobre todo, quiero que culpen a los culpables de las culpas del mundo.


Queralt.

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lunes, 10 de septiembre de 2007

"NI UNA FLOR, NI UNA MIRADA DE AMOR." (168)

“NI UNA FLOR, NI UNA MIRADA DE AMOR”



SE MORDIÓ LOS LABIOS HASTA QUE LE SANGRARON LOS SILENCIOS… y lo hizo sin esperanzas, sin ilusiones. Sin pensar siquiera por qué estaba allí.
Era fácil romper la piel con los dientes y mucho más, hacer que brotaran gotas de sangre de aquél estrepitoso vacío.

“La vida va en serio” pensaba.
“No quiero que me necesites, no quiero que me esperes... quiero que salgas a encontrar mi corazón. Porque no busco que me entiendas, ya no.”

Malquerida, así se sentía. Olvidada en un rincón al que no quería entrar el amor del compañero pues, por alguna razón, él siempre miraba hacia otro lado.
Le sangraron los labios pero siguió mordiéndolos en silencio. Mientras, el eco del dolor, bramó para sus adentros.

“La vida no es una broma que está a punto de acabar para después reír. La vida es un espejo roto, manchado, viejo y agrietado que no refleja la realidad que vemos”

Sabía muy bien lo que no quería para su vida. Pero allí estaba. Sonriendo.
María era una mujer suave, entrañable, pero vivía en la tristeza porque le faltaban las atenciones, el cariño y la alegría que toda mujer casada podría desear.
¿Qué hacía allí? ¿Qué estaba haciendo?

“Por las mañanas, cuando abro los ojos, no recuerdo quién soy.”

María se quedó dormida una vez más junto a su marido. Espalda contra espalda y rozando las plantas de los pies.
¿Qué hacía María en aquella cama, en aquella casa y en aquél matrimonio?
De la radio salían las notas de una vieja canción… pero a ella nunca le mandaron un ramito de violetas, ni flores por primavera.
En la calle, se oía con gran estrépito el camión de la basura.

http://youtube.com/watch?v=o1UhzRO-S60



Queralt.

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lunes, 3 de septiembre de 2007

VIDA... ¡ESPÉRAME!




VIDA… ¡ESPÉRAME!


LA BELLEZA ERA SU MAYOR BENDICIÓN, PERO TAMBIÉN SU MALDICIÓN y por eso se escondía. Adán cambiaba cada mañana su camisa, su pantalón, su ropa interior… pero cuando Eva llegaba, desaparecía. Para él, la belleza era como un regalo de los mismísimos Ángeles, venidos del cielo, para obsequiarla a las personas que pueblan la tierra y por eso, se sentía desdichado y deprimido porque, tal como le gritaban aquellos que le conocían, era un ser feo. Los Ángeles nunca bajaron nada para él, sin embargo, Eva era la mujer más bonita que pisaba el planeta. Era, la más extraordinaria visión que jamás se pudiera tener o desear.
Adán la esperaba cada tarde, cuando el sol cansado buscaba el apoyo de un horizonte amigo. Y la esperaba porque ella era la bendición que necesitaba. Y cuando la miraba, cuando la tenía cerca aunque ella no lo supiera, él se sentía contagiado de aquél leve y delicado suspiro que se le caía al pasar…
La belleza que admiraba Adán era sutil y delicada, como los dedos de un bebé movidos por los sueños al intentar palpar su pasado. Como la mirada dulce de un anciano sonriente, buscando el futuro. Como las hojas tiernas que se rompen al rozar tu cuerpo con el suyo. Pero Adán no sabía poner nombre a las sensaciones, a los sentimientos y a las ideas que dormían junto a él, haciendo que sus noches no tuvieran ni paz ni sosiego.
La tímida inseguridad del adolescente, los granos amontonados y purulentos, la voz de pito, la nuez a medio tragar y las deportivas gigantes, empujaban a Adán al rincón más oscuro, al más apartado, al más escondido; al rincón donde habitaba la soledad. Y allí, casi sin respirar, permanecía en silencio.
Como todos los seres humanos, Adán tenía regalos esperando al pie de su propia vida, pero no podía saberlo pues, para ello, debía escribirla, debía desarrollarla, debía saciarse en ella y por ella en cada sorbo y segundo y en cada dolor, y en cada pesadilla… hasta poder saborear su propia belleza, la suya, su propia bendición. Adán, un día se asomó a la ventana y vio dos estrellas fugaces caer muy juntas cruzando el camino de los Ángeles.
Mucho tiempo después alguien le dijo que, Eva, se había puesto silicona en las tetas. Pero claro, a él también le habían operado sus orejas de soplillo…

Queralt.


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lunes, 27 de agosto de 2007

¡Corre que te pillo!

“¡Corre que te pillo!”


EL HOMBRE DE NEGRO HUÍA A TRAVÉS DEL DESIERTO Y EL PISTOLERO IBA EN POS DE ÉL… los caballos quedaron atrás tumbados, como rendidos y olvidados bajo las frías estrellas que alumbraban aquella noche clara.
El hombre de negro llevaba el traje sucio, casi blanco. Por lo visto, el pistolero le daba tiempo para que se levantara pero no para que sacudiera el polvo. Tropezaba tanto y se sentía tan cansado que, por unos momentos, pensó en rendirse. Mientras, una y otra vez el pistolero miraba fijamente cómo se incorporaba y buscaba el sombrero de copa por entre los cactus y las piedras que ocultaban todo tipo de fauna.
Durante largo rato recorrieron así el camino, uno delate y el otro detrás empujándole, obligándolo a seguir, hasta que el de la chistera no se levantó del suelo.

- De aquí no me muevo, al menos hasta que haya descansado… uffff ¡Qué dolor!
- ¿Pero qué dices, tío? ¡Muévete de una puta vez!
- A ver, ¿cómo te lo digo? ¡Que no me muevo, joder!

El pistolero, enfadado y muy metido en su papel, echó mano del colt que colgaba de su cadera. Lo tocó suavemente con los dedos pero no llegó a sacarlo de su funda.

- ¡Lo sabía! Sabía que si participaba contigo, me quedaba sin oportunidades… ¿tanto te duelen los pies? ¿No puedes aguantar un poco más?
- ¡Joder! ¿Pero qué dices? ¿No ves que queda lo más duro de la puta ginkana de los huevos?

Un grupo de gente casi hilarante los sobrepasó con mucho entusiasmo y tiempo después, justo al amanecer, se dio por finalizado el juego, otorgando al pistolero y al hombre de negro el último puesto.
Javier y Luis compartían amigos y parientes así que, no tenían más remedio que disimular su poca afinidad y su inquina.
Los dos muchachos se alejaron uno del otro en sentidos opuestos mientras dos chicas rubias en bañador y pareo iban recogiendo los enseres utilizados por todos los participantes en las pruebas, incluidos los dos caballos de cartón.

- Ha sido divertido, ¿verdad Lidia?
- ¡Sí! ¡Ha sido guay! ¡Súper guay!

Aquella parafernalia se había montado para celebrar el cumpleaños de Ricardo y su despedida de soltero. Todo había resultado fantástico pero, las vacaciones llegaban a su fin. Sin embargo, ninguno de ellos olvidaría aquella maravillosa aldea perdida en el desierto del Sahara.

Queralt.


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domingo, 19 de agosto de 2007

¡ADIÓS!


¡ADIÓS!


TODO EL MUNDO VA A SU BOLA, MENOS YO QUE VOY A LA MÍA… ¿te has enterado de una vez? ¡Déjame en paz! Sí, todo el mundo va a su bola y tú también o, ¿tengo que recordarte que has desaparecido durante toda una semana? ¡Ah, claro! Eso ya no te interesa oírlo, ¿verdad? ¡Menuda cara tienes chica! ¿Cómo te atreves?
Estuve asustado hasta el mismísimo momento en el que te vi entrar en casa con las orejas gachas… y durante los seis días que no supe dónde estabas, te busqué como un loco por todas partes queriendo ver tu cara en toda mujer que pasaba o encontraba por las calles, por los rincones, por esos garitos a los que eres tan aficionada, por los parques y por los lavabos públicos. No llamé a tus padres, ¿para qué? Hace tiempo que no quieren saber y no les culpo. Me voy.
Me lo he pensado y sí, me voy, porque los días pasan y dentro de poco será mi cumpleaños. No quiero perder ni un minuto más contigo.
Ya has vuelto. Estás en casa. Te dejo pagado el mes. Y la luz.
Olvídate de mí. Aprende a vivir si quieres y aprende a crecer.
¡Haz lo que quieras! Yo me voy.

La puerta no se oyó porque la cerró con cuidado… pero sí quedaron en el portal las marcas de un dolor profundo y de unas lágrimas sinceras que no podía frenar.

Queralt.

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martes, 12 de junio de 2007

¿Las Malas Compañias?

¿LAS MALAS COMPAÑIAS?


EL GATITO CORRETEÓ JUGUETÓN ENTRE SUS PIERNAS. Con la pequeñita lengua raspó meloso el sabor de su piel y, cada poquitos segundos, se paraba a olisquear profundamente…
La luz estaba apagada y sólo se oía a un señor hablando a través de la pantalla del televisor cosa que, al parecer, al minino no le molestaba pues en ningún momento dejó de lado aquél cuerpo sinuoso y por encima de todo, lleno de aromas.
No entraba nada de la calle, ni siquiera ruidos más o menos indeseables.
Las piernas abiertas no impidieron al gatito contornear todo su cuerpo.
En algunos puntos de aquella estática anatomía, había más tentación para el gato y el gato, caía en ella. Así pasaron muchos días y muchas noches. Con hambre pero muy juntos, hasta que, unos señores con mascarilla, rompieron la puerta a golpes.
El gatito se asustó y salio corriendo por entre las piernas de la gente que no conocía.

Juana le preguntó a Antonia:
- Oye, ¿qué ocurrió la semana pasada en casa de Carmelo?
Una carcajada sonora y espontánea asombró a Juana, pero Antonia contestó:
- ¿No te has enterado? ¡Pues serás la única!
Después de unos minutos alardeando de información explosiva, organizó mentalmente lo sucedido y, acompañándolo de una sonrisa afectada por el aparente escándalo, empezó con el relato:
- Pues, parece que Carmelo se murió mientras dormía…
- ¡No me lo digas! ¡Pobre! ¡Qué triste muerte, me cago en tó!- la interrumpió Juana.
- Pues sí, la verdad… como te iba diciendo, Carmelo se murió de repente y los vecinos tuvieron que llamar a la policía porque no les gustaba cómo olía… ya ves, un día estás y al otro, ¡te has ido!…
- Pero, ¿nadie lo echó en falta? ¿Ni al gatito?
- No, sólo les extrañaba que no apagara la televisión. Como era sordo, ya lo sabes, la ponía muy alta y claro… al no dejar de oírla ni de día ni de noche…
- ¡Virgen del Amor Hermoso! ¿Nadie se extrañó?
- Ya ves- dijo Antonia, buscando la pose adecuada para acabar con la historia.
- Eso no es todo…
- Cuenta, cuenta…
- Verás, por lo visto Carmelo tenía una mujer de esas de plástico… para desahogarse, ya me entiendes-Antonia se tapó la boca con la mano, muy pudorosa.
Juana, mantenía la suya abierta.
- Si mujer, de esas que se hinchan y luego se usan… ¡ya me entiendes!
- ¡Ah!- Juana, seguía embobada.
- Pues, parece que le dio lo que le dio cuando estaba en plena faena, ¿qué te parece?
- ¿Y el gatito? ¿Qué ha sido de él?
- Cuando echaron abajo la puerta se lo encontraron husmeando a la muñeca pero salió haciendo fu y no le han vuelto a ver…
Las mujeres quedaron allí, pegadas al suelo durante un rato más. Después se fueron a hacer la comida porque las dos cuidaban de sus maridos enfermos.

Queralt. 12/06/07

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miércoles, 6 de junio de 2007

A veces los padres matan.



“A VECES LOS PADRES MATAN


“YO SOY TU PADRE, ¡no lo olvides nunca!”
Como para olvidarlo… de hecho, cada vez que estaba a punto de hacerlo, llegaba él con sus reclamaciones y conflictos.
Las cosas suelen ser de otra manera pero a ella le había tocado la excepción de todas las reglas. Y allí estaba, con su padre delante una vez más en actitud de exigencia y con la mano puesta.
“Papá, no puedo seguir manteniendo tus vicios y mala vida”, quiso decir. Pero las palabras no salieron de su boca, ¿para qué? Se lo había dicho un millón de veces y siempre volvía, y volvía otras mil. Y una vez más. No había más solución que seguir dándole dinero y esperar a que Dios se lo llevara pronto…total, para lo que estaba haciendo en la vida…
“¡Que te he dicho que soy tu padre y harás lo que yo te diga!”
Un silencio abrumador llenó cada centímetro de aquél lugar.
Necesitaba una dosis, estaba claro. Y si no le daba el dinero, se pondría aún peor.
“Anda, mi niña, dame lo que te pido, tú tienes mucho, dame un poco de lo que te sobra…”
Marina lo miraba sin saber qué hacer. Sus ojos seguían secos y la chispa que nacía en ellos era cada vez más dura.
“¿Recuerdas cuando eras peque? Yo te llevaba a todas partes, te compraba helados aunque la puta de tu madre no quisiera… ¿te acuerdas?”
“¡No hables así de mi madre! Ella aguantó demasiado por ti, ¡igual que yo!”
Algo había pasado dentro de ella de repente. Y tomó la decisión.
Abrió el bolso, sacó el móvil y marcó el número de la policía nacional.
“No te pienso dar ni un duro más”, le dijo por fin a su padre. Él, no daba crédito a lo que estaba viendo y oyendo. Le había pillado desprevenido y no podía reaccionar.
“¡Qué dices!”, gritó con la yugular fuera de su sitio.
“Como des lugar a que me agarren con sus zarpas, ¡prepárate!”
Marina suspiró con la esperanza de que el instinto de padre la ayudara cuando, de repente, su padre sacó una pistola del bolsillo de su pequeña mochila, se acercó a ella y la amenazó, poniéndole el cañón del arma en la cabeza.
Un gran alboroto se concentró en la plaza. La gente, lejos de asustarse y salir corriendo, se arremolinaban queriendo ver y saber más.
Cuando la policía llegó, el padre de Marina perdió totalmente el control y, muy lejos de dar cobijo a los sentimientos de padre que, supuestamente, había de tener, gritó amenazando con matarla.
Un policía muy alto y con barba le preguntó si podía acercarse, a lo que él contestó hincando aún más la pistola en la sien de su hija.
Marina lloraba en silencio y pensó que esta vez, sus hijos conocerían a su abuelo en los informativos de televisión. Se volvió ligeramente, lo justo para que su padre pudiera oírla:
“Acaba con esto de una vez”
El arma tembló sobre su piel.
“¡Acaba ya! Si tengo que irme contigo para que todo esto acabe, ¡dispara de una vez!”
El hombre lloró en silencio después de unos segundos de perplejidad. ¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba amenazando a su propia carne?
Los agentes de policía habían llamado a las fuerzas especiales y el protocolo se había puesto en marcha.
“¡Hija mía!”, le grito al oído. “¿Qué te estoy haciendo?”
Los minutos transcurrían lentos, pesados, segundo a segundo. Y nadie imaginaba cómo podía acabar aquella situación.
“¡Yo soy tu padre! Nunca lo olvides”, le oyó decir Marina y, apenas unos segundos después, la cara de la mujer se llenó de sangre y también su ropa, y sus manos. Todo, se llenó de sangre. Y un cuerpo muy huesudo, el de su padre, cayó desplomado al suelo.
A cámara lenta, sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras un enfermero de la Cruz Roja se acercaba con una manta gris marengo en las manos.


Queralt. 04/06/07

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martes, 5 de junio de 2007

Los niños también se ponen pendientes.


LOS NIÑOS TAMBIÉN SE PONEN PENDIENTES.

- Abuelo, ¿la leche sale de los árboles?
- No, niño- dijo aquél abuelo despistado- La leche sale de esta caja de cartón, ¿lo ves? Mira cómo sale. A ver, con cuidado, que no se caiga que cuesta dinero hijo…
- ¿Y los garbanzos, abuelo? ¿De dónde salen los garbanzos?
- ¡Come! Que se hace tarde para la escuela… va, come un poquito más…
- ¿Y el colacado abuelo? ¿Cómo se hace el colacado?
El abuelo de aquél niño preguntón, se dormía sin querer, aunque sabía que tenía que llevar a su nieto al colegio antes de las tres.
El nieto de aquél abuelo dormilón, medía la nariz del anciano con el tenedor, acercándolo con cuidado, para no despertarlo.
Eran tal para cual y la madre de uno y la hija del otro, sufría de dudas cada día sin saber si el niño entraría a tiempo en la clase. Y es que su padre era muy buena persona pero parecía tener la enfermedad del sueño.
- ¿Las cerezas caen del cielo, abuelo?
- No.
- ¿Cómo nacen las cerezas, abuelo?
- Ya te lo contaré cuando tengamos tiempo, venga, lávate la cara que la tienes llena de pasta de dientes… así… a ver, estate quieto que te peine… ¡muy bien!

Clara, pagó al frutero una buena cantidad de dinero por aquellos dos kilos pero, ¡estaban tan relucientes y parecían tan apetitosas! Ella prefería el melón o los melocotones pero a su hijo y a su padre les gustaba mucho las cerezas así que, si trabajaba tanto era para poder llenar la nevera con todo lo mejor.
El camión, con cientos de cajas rectangulares pequeñas llegó al Mercado de Abastos donde un empleado anodino y muerto de sueño las descargó con precisión y eficacia, mientras se oían números al alza reclamando acuerdo y amargas quejas buscando ajuste de precios: “¡Si no bajas un poco te las comerás tú! ¡Se te pudrirán!”, dijo uno. “¡Prefiero tirarlas a la basura podridas, que regalarlas!”, dijo el otro.

Redonda, roja, olorosa, brillante y con el frescor de la mañana, amaneció colgada del árbol más apartado del huerto. Unas manos ávidas de dinero la colocaron deprisa, junto a muchas más, dentro de un contenedor rectangular y pequeño. Después, puso un colorido celofán por encima y lo grapó con cuidado a la caja de madera: sería la primera del año. Juan se sentía satisfecho por la calidad de sus cerezas y agradecía a su padre el esfuerzo, el sacrificio y la inversión que hizo muchos años atrás, cuando él era un niño reacio a estudiar y lleno de ideas para el campo.
“¡Todos no pueden ser señoritos!”, dijo para sí el padre de Juan. “¡Gracias a Dios que mi hijo ha querido seguir con el negocio!”
Contento de que su empresa, familiar y limitada no tuviera un futuro incierto, se acomodó en el jeep de quinta mano y fue recorriendo las calles que había entre los árboles, mientras disfrutaba del aroma intenso y de la belleza de aquél valle, pletórico de flores que adornaban las ramas y también los sentidos.
Orgulloso, se puso delante del pequeño tronco como si él mismo lo hubiera parido. Apenas levantaba unos centímetros del suelo y sólo cinco hojas lo acompañaban, pero era toda una promesa en ciernes. Alzó la vista y dejó que sus ojos inspeccionaran cada fila de matas hasta perderse en la lejanía. Era una extensa plantación y en pocos años, si la naturaleza ayudaba, tendrían la primera cosecha. Y no sería pequeña. Y quizás su hijo le ayudara pues, hoy por hoy, no parecía tener muchas ganas de leer y estudiar libros.
- ¡Juan! ¡Ven! ¡Sí, sí! ¡Ven! ¿Te cuelgo cerezas de las orejas?

Queralt. 28/05/07
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